LECTURA DE VERANO: EL ARTE DEL AZOTE

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Agosto no es un mes. Es una imposición. En estas latitudes, el calor aprieta sin compasión y el mar es el destino ansiado de todos aquellos que necesitan oxígeno antes de que acabe el verano. Pero tanto si apuras tus vacaciones en la playa o en la tranquilidad de tu hogar, desde Marissa te proponemos una lectura que no te dejará indiferente.

El Arte del Azote (Ed.: Anagrama, 1988) no es una novela. Es un canto de amor -y obsesión- “a la parte más digna, refinada y generosa de la mujer: Sus nalgas”. Con esta declaración de intenciones parte la obra, con el francés Jean-Pierre Enard a cargo de los textos y el legendario Milo Manara detrás de las ilustraciones, dando lugar a una pequeña obra maestra, cuya grandeza radica en su carácter fronterizo: Entre el erotismo más sutil y la pornografía descarnada; entre la estilizada poesía y la cruda prosa; entre la excitación y la reflexión.

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La historia nos sitúa en un tren de París a Venecia, donde Eva -conocida presentadora de programas del cuore– coincide en su compartimento con Donatien Casanova, un enigmático caballero cuya capacidad de seducción no desmerece en absoluto a su apellido. Casanova porta consigo un pequeño libro verde cuyo título llama la atención a Eva desde el primer instante: El Arte del Azote. Una suerte de diario donde el atractivo viajero relata todas sus experiencias en el dulce arte de golpear sin causar dolor.

“Sólo los sádicos con sangre fría hacen daño a sus víctimas”, relata Casanova a su curiosa compañera de consigna. “Esas prácticas no tienen nada que ver con el arte gentil y divertido del azote”, sentencia. Y es que la obra, repartida en ocho excitantes capítulos, puede leerse precisamente como eso: Una manual teórico para iniciarse en una práctica morbosa que requiere, no obstante, una sensibilidad a punto y donde la rudeza no está reñida con la ternura. O como diría su propio protagonista: “El arte del azote es ligereza, ironía, juego…la vida como una ópera cómica. Todo es falso, pero al menos nada duele de verdad”. Sublime.

Como nos deja claro a lo largo de sus páginas, la de Donatien Casanova no es una doctrina de dominación; su deporte tiene otras reglas: “El azote no es fuerza, ni obligación, ni violencia. Quien lo utilice para castigar o para obligar no entiende nada de este arte (…) con muchas posibilidades de que el acto degenere rápidamente en una serie de golpes y heridas que no tienen nada que ver con el azote”.

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Y es que la historia de este Casanova posmoderno es también la de un aprendizaje, tanto sexual como vital. Desde el descubrimiento casi inesperado de su oscuro objeto de deseo hasta su transmutación en azotador-azotado, pasando por un detallado catálogo de perversiones donde la crudeza de lo que se nos relata nunca se ve empañada por la vulgaridad. Por contra, una impecable elegancia es el hilo conductor de cada uno de los relatos que componen la azarosa vida de este seductor.

También el respeto y la veneración por lo femenino, más allá de lo físico; la mujer como pulsión irrefrenable, como obra de arte cambiante e imprevisible… como ideal que hace creer a los hombres que puede ser poseída, cuando en realidad no hay mayor esclavo que el que se ve a sí mismo dominador.

Mención aparte merecen las perversas ilustraciones de Manara. El genio italiano -quizás el artista que mejor ha sabido dibujar la anatomía femenina- nos regala estampas llenas de tensión, a veces con el aroma de un suspiro ahogado, otras con el estallido de un grito de placer. Pero derrochando clase en cada detalle. Haciéndonos volar más allá de la calenturienta prosa de Jean-Pierre Enard.

En definitiva, El Arte del Azote es una rara avis comparado con el panorama de narrativa erótica actual, aún dominado por la alargada sombra del amo Grey. Personaje que, con todos sus juguetitos y lujos asépticos, hubiese aburrido sobremanera a nuestro encantador Donatien Casanova, para quien las manos de un hombre son -y serán siempre- la mejor herramienta para dar y recibir placer.