CUANDO NUEVA YORK MOLABA

 

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I want to wake up, in a city that never sleeps…” cantaba Sinatra con su voz eterna y unos ojos azules que venían muy de vuelta de todo, mientras el común de los mortales -al otro lado- soñaban con rascacielos centelleantes, combates de boxeo en el viejo Madison y mujeres hermosas cruzando enormes avenidas, entre taxis amarillos. Nueva York más que una ciudad es un sueño, al que todos, de forma más o menos consciente, hemos contribuido a darle forma. Por eso nos pertenece, hayamos estado o no.

Si pasas por la ciudad de las altas torres durante este verano, podrás acercarte a las 233 Fifth Avenue, y probar alguno de los cócteles que sirven en Night Fever, el flamante bar que abre sus puertas en pleno Museo del Sexo newyorkino.

Este local, en pleno corazón del distrito financiero de Manhattan, es una prueba más de la fascinación sin fin que ejerce la legendaria noche del New York más setentero entre aquellos que han leído sobre ella o la han visto plasmada en el cine. Aquella ciudad que vibraba a ritmo de Dance desenfrenado en discos ahora míticas como Xenon o Studio 54, donde podías encontrar a una pareja haciendo el amor en los reservados mientras Mick Jagger ocupaba la pista de baile y Diana Ross hablaba con el DJ de turno. Ahora, en una ciudad que poco recuerda a aquella Nueva York cocainómana y peligrosa, se levanta este Night Fever, en forma de galería de arte y bar temporal, en el afamado museo del sexo de la Gran Manzana.

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Son precisamente las fotos de aquella época descocada, tomadas por Bill Bernstein en primoroso blanco y negro, las que jalonan el local, sirviendo como una suerte de guía de lo que debía ser una noche loca en aquel Nueva York sin reglas. Un total de 40 instantáneas, acompañadas de entrevistas de audio y un ambiente recreado para la ocasión, intentando captar el aroma de libertad y exceso de la era Disco. GG’s Barnum Room, Le Clique, The Fun House, Hurrah o el ya citado Studio 54 fueron algo más que locales de entretenimiento, dejando un legado de tolerancia donde la diversión estaba al alcance de todos en una misma pista de baile: Heteros con gays, blancos con negros y latinos, jóvenes con viejos y ricos con pobres. Una revolución a ritmo de Bee Gees.

Previamente, el mismo local había estado ocupado por una biblioteca de libros eróticos, siendo un empresario local, Serge Becker, quien decidió subirse a bordo del proyecto para sacar adelante esta disco-exposición de temática erótica. Papel de aluminio en las paredes, sofás negros bajos, alfombras de cebra, mesas cromadas y una constelación de bolas de discoteca reciben al curiosos que franquea sus puertas para realizar un viaje en el tiempo, hacia una New York más perversa y -quizás- mejor. En el centro de la sala, un monolítico sistema de sonido de factura setentera atrona éxitos discos por toda la sala, creando la atmósfera adecuada entre una multitud diversa, donde los estudiantes extranjeros se mezclan con grupos de newyorkinos atraídos por la Happy Hour y los típicos nostálgicos de la era Disco, deseos de revivir su juventud por unas horas.

Cuando entras a Night Fever, debes dejar atrás la tienda de regalos para turistas; caminar entre el stand de juguetes sexuales inspirados en las Cincuenta Sombras de Grey y dirigirse hacia la parte posterior del garito, donde un vestíbulo de madera sirve para la venta de entradas del Museo del Sexo. No hay pérdida posible: Basta con seguir los latidos de la música Disco y acodarse en la barra que queda justo a la izquierda. Allí podremos degustar

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algunas de las bebidas típicas del retro New York más frenético, como Tequila Sunrise o Whiskey Amargo, además de cerveza y vino.

Si has llegado hasta aquí, es hora de relajarse: Olvida el mundanal ruido de la ciudad actual. Las luces están bajas, tu cóctel burbujea radiante y esa canción te hace mover los pies como si el espíritu de James Brown se hubiese apoderado de tí. Nota: Déjate acompañar por una mujer despampanante como las que vienen por Marissa y vive la noche como si no fuese a acabarse nunca.